El legado que Obligado nos dejó

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En enero de 1870, el presidente Domingo Sarmiento designó como Comandante en Jefe de la frontera chaqueña al militar Manuel Obligado. Su función principal sería la de extender la frontera entre los territorios efectivamente controlados por el Estado Nacional y aquellos en los que los pueblos aborígenes no se habían sometido aún: era “la frontera con el indio”, que se extendería mediante “la guerra con el indio”.

Desde los primeros momentos de la llegada del blanco a estas regiones, el sometimiento de los pueblos aborígenes tuvo objetivos económicos. “La urgente necesidad de pacificar y cristianizar a los indios del Chaco estaba fuertemente vinculada con la pervivencia del tráfico de mulas, dice Ruggeroni (1991, página 11). Igualmente, gran parte de estos pueblos no se resignaban al sometimiento hacia el blanco: “Desde los primeros días de su fundación en Cayastá, y luego en su actual asiento, la ciudad de Santa Fe sufrió el temible azote del aborigen; problema que, hendiendo el tiempo, preocupó tanto a los gobernantes como a los sufridos pobladores, cuenta Roselli (1981, página 15) en una parrafada titulada “El indio, peligro latente”.

Algunos historiadores, como Ruggeroni (op, cit: 24), afirman que los ideales liberales de Obligado “hicieron que esta campaña fuera menos cruenta que la otra llevada a cabo en la Patagonia (por Julio Roca). Sus propósitos eran crear pueblos y no arrebatar las tierras del indígena para fomentar el latifundio ganadero”. Sin embargo, ese supuesto carácter “menos cruento” que el de Roca no debe buscarse tanto en la personalidad de Obligado como en la estructura económica que se buscaba moldear en estos territorios, que difería profundamente de la que adoptaría en la Patagonia –donde los indígenas debían ser exterminados para posibilitar la ganadería–: “En el Chaco, aunque hubo reiteradas matanzas de indígenas, no hubo una política de exterminio: el tipo de producción dominante en el litoral chaqueño requería una abundante mano de obra que los indígenas podían proporcionar, por ende no fueron exterminados sino ‘reducidos’, disciplinados, adiestrados, convertidos en trabajadores asalariados”, señala Iñigo Carrera (1998).

Igualmente, el accionar de Obligado fue “menos cruento” sólo cuando se encontró con grupos que aceptaban someterse, y en tanto sus limitaciones logísticas le ataron las manos. A quienes resistían les esperaban persecución y muerte, tareas realizadas muchas veces con fuerzas del Ejército compuestas por los mismos aborígenes sometidos (como el Regimiento Indigena) y por colonos que se sumaban voluntariamente a las campañas punitivas. El mismo Obligado se avergüenza explícitamente ante sus superiores por no poder recrudecer la represión a causa de la falta de mulas y caballos: “Vergüenza, me da señor inspector, tener que decir que por falta de caballo no he hecho más (…) si el gobierno se sirviese proveerme de mil caballos, tendría entonces regularmente montada mi fuerza y le prometo a Vuestra señoría que no daría descanso a los indios, invadiéndolos constantemente, y no les permitiría pensar en invadirme sino salvar a su familia de mis continuos ataques, y el hambre y la persecución les obligaría a someterse”, escribe.

Y para los que se sometían, ¿Qué futuro había? Cercenada su forma de vida tradicional, basada en recorrer extensos territorios para obtener su sustento, los aborígenes sometidos no tuvieron otra opción que formar parte de la nueva sociedad vencedora, integrándose como masa de población disponible para el trabajo asalariado en las explotaciones capitalistas que llegaron de la mano del Estado Nacional. Debieron así abandonar tanto su antiguo modo de vida como sus tradiciones y cultura, ya que expresarlas llegó a ser causal de persecución y muerte.  A la matanza de los que se animaron a no someterse se sumó entonces el exterminio de la cultura de los sometidos.

La guerra contra el indio, según Obligado

Los que siguen, son extractos textuales de y hacia Obligado, donde el prócer y los suyos dan cuenta de la vehemencia con la que se emprendió contra los originarios una lucha a muerte:

“Vergüenza, me da señor inspector, tener que decir que por falta de caballo no he hecho más (…) si el gobierno se sirviese proveerme de mil caballos, tendría entonces regularmente montada mi fuerza y le prometo a Vuestra señoría que no daría descanso a los indios, invadiéndolos constantemente, y no les permitiría pensar en invadirme sino salvar a su familia de mis continuos ataques, y el hambre y la persecución les obligaría a someterse.”

Manuel Obligado, en carta al secretario de la inspección y comandancia general de armas de la república, Coronel Rufino Victorica, en abril de 1871. A Obligado le daba vergüenza haber matado sólo 36 salvajes que se negaban a someterse (citado por Manuel Roselli, op.cit., página 45).

“Tengo el honor de dirigirme a Vuestra Señoria comunicándole que he recibido parte telegráfico (…) en que se me comunica que una partida de ocho hombres del Regimiento Indigena a orden del sargento Anacleto Mendoza del mismo Cuerpo ha atacado una toldería de Indios enemigos que no quisieron someterse, matándoles nueve indios de lanza y tomandoles cien prisioneros de chusma.”

Carta de Obligado al inspector y comandante general de Armas de la República, general Joaquin Viejobueno, febrero de 1885 (en Gallagher, op. cit., página 81). La “chusma”, como tantas veces lo explicó Ruggeroni, no es otra cosa que las mujeres, niños y ancianos que sobrevivieron a la matanza, perdiendo en cambio su libertad.

“… el día 10 del corriente, como a las diez de la mañana tuve conocimiento por un colono de este punto que pasaba una rastrillada de hacienda en dirección al nord, lo que me hacia suponer eran indios que pasaban con algún arreo – inmediatamente me puse en marcha con 25 hombres de mi cuerpo, haciendo uso de los caballos de los vecinos que me faltaron para perseguirlos (…) [después de varios días de marcha logre] sorprender una toldería en el paraje denominado Picarúa haciéndoles 21 indio muerto y tomándoles 29 de chusma entre chico y grande…”

Informe del militar Miguel Rasero presentado a Obligado en febrero de 1887. En él no dice haber encontrado en la toldería arrasada el ganado que había salido a buscar, por lo que puede presumirse que se trataba de indígenas inocentes de ese delito. Sí en cambio destaca el rol de “algunos vecinos que voluntariamente me han acompañado”, lo que demuestra que siempre hubo civiles con intereses particulares dispuestos a colaborar con las fuerzas represivas del Estado (en Gallagher, op. cit., página 32)

“Las quemazones que he divisado al norte de la primera línea indican que los indios montaraces, que son las tribus agresoras de estas fronteras se encuentran en Las Chuñas y Tacurú donde en octubre de 1879 los batí destruyendo varias tribus y en cuanto reciba las mulas y caballos me pondré en marcha sobre ellos”.

Carta de obligado a Viejobueno, 24 de mayo de 1882. Allí también le cuenta que los colonos mismos ayudan en la persecución a los indios y facilitan muchas veces los medios de movilidad (en Galagher, op. cit., página 51).

Bibliografía

Gallagher, Edith Gabriela: De puño y letra – decodificación paleográfica – Cartas y Documentos del Gral Manuel Obligado desde 1876 y 1881. Museo Municipal de Arqueología y Paleontología de Reconquista, 2007.

Iñigo Carrera, Nicolás: “Problema Indígena en la Argentina. Debate”. En revista Razón y Revolución nº 4, otoño de 1998.

Roselli, Manuel H.: Historia de Reconquista. Primera parte. Reconquista, 1981.

Ruggeroni, Dante: “El significado de las Dos Fundaciones”. Edición 4, Reconquista, 1991.

Scunio, A.: La conquista del Chaco. Círculo Militar. Buenos Aires, 1972.

 

*Matías Ruíz Díaz. Profesor de Historia