Un infierno nada encantador

Gerardo González estuvo en Olavarría para vivir el show del Indio Solari, que terminó empañado por las muertes de Javier León y Juan Francisco Bulacio. Aquí su testimonio en primera persona. 

Lo primero que habría que decir es que hay tantas miradas, historias y puntos de vista casi como el total de los que asistieron, o de los que en mayor o menor medida sabían cómo venía la mano. El hecho irrefutable, sí, son las muertes de Javier y Juan Francisco. Y duele la muerte, por ellos, por sus familias, por todos nosotros. La premisa era cuidarnos entre todos, y por innumerables motivos no lo pudimos hacer.  

Luego, remarcar que más de 300.000 personas fuimos a ver este show sencillamente porque un recital del Indio es de los más importantes acontecimientos artísticos de la música argentina. De eso siempre se habló poco, ya sea ahora por las muertes o antes por la cuestión socio- antropológica y cultural.  

El show, claro está, no fue el mejor. En la cuarta canción fue interrumpido porque los músicos veían desde el escenario cómo la marea de gente presionaba contra los de más adelante y provocaba algunas caídas, lesiones y hasta descompensaciones. El propio Solari comenzó a invocar al personal médico y de Defensa Civil para que ayuden a sacar del medio del tumulto a esas personas, que a duras penas y tarde se logró conseguir. A partir de allí, el recital no fue el mismo. La disconformidad era evidente y a la luz de lo que sospechábamos y pudimos enterarnos después, está bien que haya sido de esa manera, como bien dijo el artista “para ver si nos calmamos un poco y evitamos que esto sea aún peor”.

Y así transcurrió el espectáculo: tenue, sin brillo, casi sin poder sacar a relucir las emociones por las largas pausas entre canción y canción, y con un final prácticamente sin anunciar. Todo muy raro, totalmente atípico para un recital del Indio y los Fundamentalistas, lo que nos hacía pensar que podía haber ocurrido algo más grave de lo que se anunciaba.

No tan buenas noticias

Las primeras confirmaciones a esta intuición, claro, aparecieron mucho más tarde, ya de vuelta en nuestras moradas del fin de semana, cuando algunos teléfonos recuperaron la señal y comenzaron a llegar los mensajes de familiares y amigos que preguntaban sobre el rumor que ya corría en las redes sociales y algunos medios: “Dicen que hay muertos.  ¿Estás bien?”.

A las dos de la mañana, en el Hospital Municipal Dr. Héctor Cura ya admitían que había dos muertos pero los rumores volaban muy por encima de esa cifra, como los cinco muertos que nos contó Agustina, la hija del encargado de la casa donde parábamos, que había escuchado en la radio. Y pasaron otras dos horas hasta que la Fiscal Susana Alonso apareció en el hospital para confirmar a los dos muertos y admitir que en la desesperación se pensó que eran algunos más, mientras en la Guardia se amontonaban hombres y mujeres embarrados que preguntaban desesperados por sus amigos. Lógicamente, los heridos eran menos que los que al principio se reportaron, porque la misma inmensa cantidad de gente –que triplicaba la población de Olavarría- hacía que a muchos se les dificultara encontrarse con sus grupos para retornar todos juntos a su destino inmediato.  

De la nada a la gloria, ida y vuelta.

Como en la historia de Los Redondos y su fenómeno social-cultural, catalizador de esa comunión de almas en pena de quienes fuimos niños y jóvenes en los noventa, esta misa en Olavarría fue de menor a mayor, a desquiciada e incontrolablemente mayor, y terminó con la tragedia que vuelve a dejarnos allá abajo, en la nada, lidiando otra vez con la tristeza a la que no nos queremos acostumbrar, como tantas otras tristezas a las que nos acostumbramos. Fue el final de fin de semana que no esperábamos ni merecíamos, y puede que sea el final de una historia que sin ninguna duda, más allá de lo que la Justicia determine en cuanto a responsabilidades legales y penales, este movimiento no merece. 

Pajaritos, bravos muchachitos…

Acerca de los opinadores de Facebook y Twitter mejor no explayarse. Las mentes mediocres que buscan el hecho oscuro para justificar un punto de vista siempre me dieron vergüenza ajena.  

De quienes sí me resulta necesario hablar es de las personas -y medios para los que trabajan-  que conscientes de su poder en la formación de opinión afirman cualquier estupidez  ya no sólo por la primicia, si no lo que es más grave, por la efectividad de sus operetas a favor de sus propios intereses o los del mejor postor. De ese poder se desprenden luego los opinadores arriba mencionados y ese poder es en realidad lo peligroso: no saben, no entienden porque no sienten, y luego nos quieren contar las costillas con un palo, a carcajadas.   

Nada nos duele más que, a pesar de las advertencias, no habernos podido cuidar a nosotros mismos; que romper esos juguetes perdidos que habían sido encontrados y mancomunados en un mismo lugar. Es un tatuaje que llevaremos siempre con nuestra tristeza, como la noche más oscura sin saber si volverá a venir el día en nuestros corazones.