Iron Fist: por qué hay que darle una chance a esta serie

Repasamos el origen de este héroe, mezcla de artes marciales y filosofía oriental, que llegó a Netflix acompañado de polémica

El estreno de Iron Fist aterrizó rodeado de controversia. Pocos días antes de su llegada, muchos críticos televisivos coincidían que estaban delante de la peor serie salida de la unión entre Marvel Studios y Netflix . Observaban una lentitud alarmante, una preocupante falta de personajes carismáticos e incluso decían que perdía mucho cuando se la comparaba con el resto de las producciones hermanas (especialmente con Daredevil, claramente la mejor del paquete). Con el correr de los días hubo un efecto contagio notable y los periodistas sacaban número para confirmar que finalmente a la todopoderosa Marvel le había fallado la brújula. Finn Jones, protagonista de la saga, se puso la camiseta y recurrió al siempre blando argumento centrado en “esta serie es para los fans, no para los críticos”, e hizo una asociación imposible entre Donald Trump y su personaje, y cómo un blanco millonario era propenso a caerle mal a la audiencia. Pero luego sucedió lo impensado y en otro ejemplo del público divorciado de la crítica, Iron Fist se convirtió en uno de los programas más vistos en la historia de la plataforma y la lluvia de pésimas críticas funcionó como una irresistible provocación para un público que quería comprobar si realmente la ficción era tan mala como decía. Como era de esperar, la cosa no fue tan así…

Danny Rand en las historietas y el encanto de un personaje bastardo

Al igual que Luke Cage, un personaje setentoso que nació con la única vocación de convertirse en un cúmulo de clichés blaxploitation que pudieran servir para atraer a jóvenes lectores afroamericanos, Iron Fist también fue víctima de una moda a la que Marvel quería sumarse. Danny Rand era un occidental que luego de un atentado en el que mataban a sus padres (eran comidos por lobos, una versión mucho más terrible que la mostrada en la serie) descubría accidentalmente K´un Lun, la ciudad templo en la que se entrenaría quince años hasta convertirse en Puño de hierro, experto luchador de artes marciales. Pero bajo esa historia, la editorial pretendía plegarse a la moda de las artes marciales, con Bruce Lee y sus mil clones protagonizando largometrajes de todo tipo que incluían ceremonias marciales y discusiones que solían resolverse a base de patadas voladoras. En 1974, el guionista Roy Thomas, creador de Iron Fist, sintió una honesta fascinación por esos mundos y trasladó parte de esa épica oriental a occidente poniendo el eje en un muchacho que volvía a Nueva York para reconstruir su vida luego de varios años de entrenamiento. El personaje era una combinación casi imposible de filosofía oriental y una evidente intención por subirse a una moda, aunque no por eso dejaba de tener cierto encanto. El conflicto comenzó cuando la fascinación por las artes marciales pasó, Iron Fist quedó huérfano y Marvel tuvo ver qué hacía con un héroe por el que los lectores habían sentido un amor efímero, y así fue como terminó haciendo equipo con Luke Cage en Power Man & Iron Fist, una de las grandes historietas de los setentas. De esa forma ambos trascendieron y si bien jamás perdieron su origen bastardo, sí pudieron reinventarse y conquistar a una generación de lectores, y ahora también de televidentes.

La evolución de Danny Rand

Probablemente de las cuatro propuestas Marvel en Netflix, la de Danny Rand (Finn Jones) sea la más compleja de todas porque de base corre un riesgo notable: presentar un héroe cuyo pasado es un misterio que a medida que se revela hasta resulta difícil de creer. Los años que Iron Fist pasó en K´un Lun van narrándose de a poco y la serie se toma su tiempo hasta realmente convencer al espectador que ese lugar existió y que efectivamente el personaje no está loco. Y ahí se encuentra uno de los recursos más interesantes: explorar la posibilidad de que Danny no sea quien dice ser, sugiriendo incluso que los Meachum podrían no estar tan equivocados. La idea de trabajar en el comienzo de la historia la perspectiva de quiénes son los villanos para establecer un protagonista cuya identidad resulta un enigma (un juego que remite al de Moon Knight, otro héroe urbano de Marvel que cuenta con varias identidades) permite que los espectadores descubran la historia de Danny a medida que él mismo la va mostrando.
Otro aspecto atractivo del personaje y esto lo separa drásticamente del resto de sus compañeros Defensores, es que Rand no evoluciona desde su faceta como héroe sino que sus cambios son todos a través del plano personal. Daredevil, Jessica Jones y Luke Cage son individuos cuya transformación tiene que ver con comprometerse más y más en sus respectivas misiones como justicieros, pero Danny Rand llega a Nueva York con su deber ya establecido (combatir a La mano), mientras que su rol de civil es el que atraviesa los mayores cambios. Él debe convencer a Ward (Tom Pelphrey) y a Joy (Jessica Stroup) que es quien dice ser y así ocupar un lugar jerárquico en la empresa familiar, a medida que descubre también que sus ideales por lo general entrarán en fricción con los intereses financieros de sus socios. Pero el protagonista consigue combinar mundos que parecen opuestos y descubre en el proceso que incluso puede lograr que los Meachum modifiquen su manera de ver las cosas (la escena que mejor representa cómo Danny sumerge a los Meachum en su lucha personal se da cuando Ward acepta salir a recorrer depósitos junto a él para encontrar una cabeza estacada).

Ante todo, Danny debe construir su vida privada porque los cambios más drásticos que atraviesa son aquellos que tienen que ver con su intimidad, con el descubrir un mundo que (lo) olvidó y con comprender cuál es el legado de sus padres y cómo lo prepararon para ser un hombre que desde un escritorio o desde un dojo, debe luchar contra la injusticia.

Los Meachum y Wing

Otro de los grandes atractivos de Iron Fist son sus personajes secundarios y cómo la serie logra un equilibrio entre los universos urbanos y empresariales. Rand es un héroe que se mueve en dos esferas: una que tiene que ver con lo típicamente callejero (representado por Colleen Wing -Jessica Henwick-) y otra vinculada a los negocios (encarnada por los Meachum). Esos dos mundos tan opuestos conviven en armonía a través de un personaje eje que se mueve entre el uno y el otro, pero lo más interesante es cómo cada uno de los secundarios que está anclado en esos ámbitos comienza de a poco a transitar el otro a través de la figura de Danny. Es así que Collen descubre la faceta empresarial del justiciero, a pesar de que él no esté interesado en formar parte de eso. Y siguiendo el mismo camino (y así como ya se mencionó el momento en el que Ward descubre a través de una cabeza segada que las amenazas contra las que lucha Rand son reales), Joy también transita el camino de descubrir una realidad que le era completamente ajena.

Lo más interesante acerca de cómo la ficción presenta a sus personajes secundarios es que de una u otra forma todos terminan cambiando la percepción del universo que los rodea a través de su relación con Iron Fist y de seguirlo en sus combates. Y en ese sentido Danny es quizá hasta el menos interesante de todos porque su objetivo es básicamente siempre el mismo (¡adivinaron! luchar contra La mano), mientras que el recorrido de los secundarios es mucho más jugoso porque deben descubrir no solo que existe ese peligroso grupo, sino también cómo combatirlo. Y por último, imposible no mencionar a Harold Meachum (David Wenham) y su innegable encanto como un villano que va desde lo caricaturesco hasta lo genuinamente perverso.

La duración, su gran punto en contra

La producciones de Marvel y Netflix tienen un patrón en común que en este caso resulta algo caprichoso: su duración. La constante de trece episodios de aproximadamente 55 minutos cada uno, en Daredevil y Luke Cage tiene razón de ser, pero en el caso de Jessica Jones y especialmente en Iron Fist, resulta ser un punto en contra. Es claro que al mantener esa característica en común, esta ficción resintió la fluidez de su historia y algunas escenas dan la sensación de estar algo estiradas con tal de llegar al objetivo de los cincuenta minutos (de hecho hasta hay entregas que llegan a la hora completa). Esa libertad que Netflix le brinda a sus producciones, donde ninguna debe amoldarse a los estrictos horarios de una grilla televisiva, en este caso restan e incluso atentan contra el dinamismo que debe tener una saga de aventuras como busca ser Iron Fist. Está claro que eso no significa que la serie sea mala o que aburra todo el tiempo, pero es evidente que en algunos casos una menor cantidad de capítulos (diez sigue siendo el número perfecto para una temporada) lograría que los episodios no tengan esos baches que tanto molestan y ralentizan la velocidad de la acción.